¿De qué murió Cos Causse?
Cos Causse murió del último trovador
de la alegría incontenible de su violín roto
de los arrebatos de su guitarra antigua
que sólo quería cantar una canción gitana
de ir de voz en voz musitando una copla,
de bar en bar pregonando la nueva buena
de esquina en esquina al rancio estilo santiaguero
para simplemente decirle a la piedra que vio tocar a Chano Pozo en Martí y Moncada:
aquí estoy yo, toqué y me fui sin decir nada.
Cos Causse murió de lo que mueren los buena gente : de muerte natural
de los cuidados de las Glorias, las Isabelitas y las Madelines y Alinas
que lo atendían después de que todos habían terminado la jornada laboral
para vigilarlo en esa soledad acompañada de seres ignotos
las que lo alimentaban como a bebé recién nacido
y le saneaban cuidadosamente y echaban colonia Menen por todas sus costillas
Es así que el cronista dice que Cos Causse murió de cotidianidad citadina
de horas conversando con el mismo espejo y con el mismo vaso de ayer
de diálogos interminables con sus humildes cubiertos que no chistaban
o de no querer otra comida que el respeto a un hombre sencillo
que lo mostraba como el título académico más alto
obtenido en la universidad del trato afable con todos los vecinos del barrio
Cos Causse murió de niñez, de ser niño en cada uno de sus actos
de ángeles volando entre flores olorosas a inexistencia
de ausencia de liquidez en el concepto y en el verbo que no sabía emplear
de belleza poética que le salía fácil e incrustaba en las sienes
de tantos soles y girasoles a lo Van Goh juntados en el único jarrón que faltó en el instante preciso
de demasiadas alboradas contadas y vueltas a contar para tragárselas en un fugaz suspiro
y de las innumerables muchachas que enamoró a un tiempo también murió Cos Causse.
Después de haber estudiado científicamente la historia clínica que me pasaron por internet
he descubierto, al cabo de tanto tiempo, de lo que moriría Jesús Cos Causse:
Cos Causse murió así de simple, de demasiado Cos Causse en el alma
no señor, no de cañaclara como se ha insinuado en el informe
ni mucho menos del sutil humo de los buenos habanos que fumaba a escondidas
ni de nocturnidades tan seguidas ni de mujeres en cada país y pueblo ni de frugalidad en el uso del plato
(porque el mejor pan--me dijo poco antes de expirar-- está en el perfume pasajero de las flores..)
no murió de nada de eso, sino del amor venenoso que había en aquel poema que tardó en salir más de lo debido
lo que se traducía en su lenguaje como una puñalada en ese costado tan sensible,
en la palabra que no llegó a tiempo para escribir su propia crónica anunciada y fue suficiente
para que su Rocinante exhalara su acostumbrado relincho de combate.
Cos Causse murió de poesía, como él solo quiso morir: recostado a un libro de versos en vez de a un salmo,
en efecto la poseía le brotaba por todos los lados como manantial de la serranía,
crecía por todo el cuerpo y de ella vivía, hizo un modus vivendi y con ella vivía y con ella comía para alimentarse
y con ella se acostaba y se dormía y se despertaba e iba por todos los rincones del universo
sin carta de presentación títulos nobiliarios ni ningún tipo de protocolo.
Se paseó por donde quiera de brazos de esa chica bohemia que algunos llamaban Loca.
Es inexacto por tanto el informe forense que me enviaron por email:
Cos Causse no murió de delgadez extrema porque esa era y será la figura del Quijote,
ni de añoranza de los versos libres que ya no podrá escribir
ni de desesperanza porque no pudo impedir a tiempo
que se marcharan a no sabía qué extraña mansión de luz
tantos entrañables hermanos que compartían con él la mesa
sí, de una vez, y en corto tiempo y juntos, lo peor sin consultárselo ni despedirse...
¿con quién iba a conversar entonces cuando se despertara
o en las tardes soleadas de la Casa del Caribe con quien iba a compartir?
Cos Causse se enfadó mucho esta vez y decidió trotar con su lanza romántica a rescatar a sus amigos perdidos.
Cos Causse entonces murió del denominado Mal Caribe:
de ese afán quijotesco de cobijar a todos en un barco ebrio, a lo Rimbaud,
desafiando la furia de las olas y el frío penetrante de las madrugadas
de saludar nostálgicas sirenas
y de combatir a esos temibles gigantes de las siete leguas con harta intrepidez
para una humanidad tan leve y luminosa como la suya.
Cos Causse murió de lo que debía morir:
de esa luz que ventilaba sus estrechos pulmones
de generosa amistad profesada a toda costa, a costa de sí y de su jumento,
de imborrables recuerdos de aquellos primeros tiempos combatientes,
de Wldosleyvas, Carraleros, Guarioneces, Augustostorres y Luisdíaz, cada cual con su guitarra,
de aquellos tiempos pasados en los que gustaba permanecer anclado.
más bien me dice una musa: Cos Causse murió de Santiago:
de esa enfermedad que se le pegó en el pecho
y le impedía dormir y comer y bañarse
porque ese mal de la patria chica es como una sanguijuela
que se te pega al cuerpo y al lama y nunca te abandona hasta que cierras el último párpado
también de adorar por esa razón terruñera a su madre y a sus hijos y a todos sus deudos
que anhelaba apresar en un solo verso, como se tiene lo que se quiere en un puño
de no poder saludar a rafael cuando caminaba por las calles de Madre Vieja
ni a Ulloa ni a Millet ni a Ivonne ni a Isabelita cuando abría la puerta para dejar entrar la luz
o cuando se despertaba soñoliento de aquel lecho en el que amaba escribir su despedida.
Bueno, después de un análisis exhaustivo, realmente desconozco de qué pudo morir Cos Causse
o estoy dudando de si realmente murió...
¿o no será acaso otra de sus acostumbradas trapalecerías para convencernos de que ha muerto
hechas con tanta frecuencia para aparecerse luego con su sonrisa pícara
pidiendo cualquiera de las cosas que apetecía degustar ante nuestro asombro
o sencillamente para escapar furtivo en el alas de su mejor verso?
(Coro, agosto 26.2007.)
"¡Ya no hay flor!", escribió José Martí en su Diario de campaña (De Cabo Haitiano a Dos Ríos), cuando (muy cerca él también de la muerte) recibió la noticia de la caída en combate del general Flor Crombet. Hoy, 23 de agosto, al recibir la noticia, no por esperada, menos dolorosa, de la "desaparición física" de Jesús Cos Causse, no he podido menos que decir, recordando al apóstol, ¡Ya no hay Jesús!.
Fueron dos "Mayores generales" de Santiago de Cuba, uno dela independencia, otro de la poesía, que al morir, cada uno en su tiempo y su destino, dejaron una huella profunda en el alma de la nación cubana y en el imaginario colectivo de su pueblo.
Se habla de Jesús, como el Quijote negro del Caribe, en alusión a que su "fina estampa" (alto, delgado, frente despejada y barbilla incipiente)lo asemejaba físicamente con el último de los caballeros andantes, pero su quijotismo incorporaba, no sólo virtudes del Quijote original (desinterés, valentía, defensa de los humildes y desheredados de la fortuna), sino también de su fiel escudero Sancho (modestia, lealtad, realismo, sentido del humor, picardía...).
Poeta natural de esos que como Heredia o Martí nacen cada cien o cada 50 años, Jesús Cos Causse, como en el poema "El apellido" de Nicolás Guillén, bien pudiera llamarse Jesús Manzano, Jesús de la Concepción Valdés, Jesús Garay, Jesús Matamoros, Jesús Eluard, Jesús Moré, Jesús Roumain, Jesús Alexis, Jesús Golomón, Jesús Soleiman.
Ha muerto Jesús Cos Causse. ¡Ya no hay Jesús!, pero todos los días al visitar el Patio de la Casa del Caribe, de la Casa de Heredia, de la "Jutia Conga", o cualquiera de las Capitales, ciudades y "Niagaras" del Caribe y el mundo, donde amó a una mujer, escribió o leyó un poema, y se tomó un largo trago doble de ron o de aguardiente, lo encontraremos "a bordo, ligero de equipaje", con su escarapela de juguete de antiguo emperador haitiano, su guayabera caribeña y su amplia sonrisa, rodeado de luciernas y amigos.
¡Ya no hay Jesús!, pero en su natural despedida, "en un carro de hojas verdes", lo acompañan las palmeras de Alto Songo y de Bayamo, las flores de Virama, los Guijes del Cauto, las yagrumas de la Sierra Maestra, los bambues de San Luis y de La Maya, los algarrobos de Pilón del Cauto y de Barrancas, los luases del Toa y del Artibonique.
Estoy convencido, de que si ahora mismo, en cualquier momento, entramos al patio de "su casa", la Casa del Caribe, lo encontraremos debajo de los mangos casi centenarios, conversando con sus intimos amigos.
Con Jorge Luis Hernández, habla sobre "el día que el caballo de Fresneda relinchó en la Calle Heredia", con Vicente Portuondo, sobre los misterios del Petró, el Radá y el Palo monte, con Joel James sobre Mckandal, Paulina Bonaparte y los secretos del "Reino de éste mundo, con María Nelsa Trincado, sobre los últimos arahuacos de Yateras, las cenizas de Hatuey y los conjuros tainos del tabaco. Con Rogelio Meneses sobre "el día en que Santiago Apóstol puso los pies en la tierra, y con Julian Mateo, sobre el libro perdido de Aristóteles y el Nombre de la rosa.
¡Ya no hay Jesús!, pero no es cierto. Es un niño pobre y sin juguetes que juega en los solares de Santiago, con pelotas de cartón y emperadores filatélicos. Ha pedido ¡Tiempo!, con las bases llenas. Se ha ido, es verdad, pero por un momento. Enseguida regresa.
Como a papá Lebgá, como a Guillén, como al otro Jesús (el de las cañas), lo hemos visto pasar una clara mañana de agosto, entre el mar y la montaña, montado "en su caballo de agua y humo".
Ariel James Figarola
|